domingo, 11 de abril de 2010

Especial SW: Episodio IV: Una Nueva Esperanza.


Rompo un mito, asumo los palos, pero digo que esta es la película más importante de la historia. No digo la mejor ni la de mayor calidad, digo que es la más importante de la toda la historia. Porque cambia el cine, porque inicia otra era, porque convierte lo audiovisual en un espectáculo, mucho mayor de lo visto hasta entonces, porque crea toda una mitología, una legión de seguidores, inaugura el fenómeno que hoy llamamos fan, y porque, seamos sinceros, desde ese verano de 1977 no hay película que por un motivo u otro no se compare con La Guerra de las Galaxias.

Sería interesante calcular en qué porcentaje de las películas, series o programas de televisión NO se utilizan frases extraídas de este Episodio IV. Sería un número ridículo. Quitemos la frase del Yo soy tu padre, porque esa es del quinto, ¿quién no ha citado alguna vez a Obi Wan, a Han, a Luke? ¿Quién no ha dicho nunca Ayúdame Obi Wan Kenobi, eres mi..?

Se apaga la pantalla en 1977 y estallan las fanfarrias de la 20th Century Fox. Después, negro, letras azules, hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. ¡Taráaan!




El Episodio IV: Una Nueva Esperanza fue realizado por un lechón sin apoyo ni dinero llamado George Lucas, un tipo cabezón con una fijación y una voluntad inquebrantable y mucha, muchísima creatividad. Ver los videos de cómo montaron las maquetas, de cómo dieron forma a ese universo de cartón piedra y corcho, de cómo los actores ni sabían ni creían -en algunos casos célebres y nobles- en lo que hacían, para darse cuenta de que aquel George Lucas era cosa seria.


Los estudios no confiaron en él, tuvo que poner dinero de su bolsillo y apenas cobró tres duros, con la condición de que le dejaran quedarse con todos los beneficios del marketing y merchandaisin que generase la película. Hoy es tan Dios que no hay quie tosa sus excentricidades.

Y todo por la epopeya de un chico, Luke Skywalker, un rubito aniñado que iba a cambiar el destino del universo, antes incluso -¿o después?- de miridiclodianos y profecías mesiánicas que no pintaban un carajo en esta película limpia, clara, virginal, potente. Un western espacial donde los disfraces de alienígena son penosos, donde el maquillaje es de celofán, donde las naves son mazacotes de plástico y los trucos se hacen moviendo la cámara adelante o atrás según toque.

Donde las marionetas de gomaespuma y los robots con señor dentro hacen historia, donde un tipo, un canalla chulesco y desgarbado, se convierte en un personaje inmortal y legendario acompañado por su felpudo con patas de dos metros largos.





Donde la diversión inunda la pantalla, donde las princesas llevan ensaimadas en las orejas y sueltan dardos envenenados cuando hablan. Donde un crío aprende lo que es la Fuerza y por sus cojones se zumba una estación espacial entera metiendo un misil por un agujero.

Con un reparto de lujo, pero del de verdad, con sires y todo, con unos chavales cargados de ilusión, con una música vibrante. Con algunos de los mejores diálogos de la historia del cine y con la capacidad impagable de emborracharnos de acción, de emoción, de empatía. Con la capacidad inigualable de convertirse en el fenómeno cultural de fines del siglo XX y de arrastrar consigo todo lo demás.

Dos soles, un planeta destruído, dos droides, uno de ellos no para de hablar, el otro solo pita, un halcón milenario, un villano enorme que hace magia y al que nunca se le ve la cara, su respiración...

¡Lásers, espadas láser! ¡La Fuerza, los Jedi, el Lado Oscuro!



Una enciclopedia del cine de aventuras, un álbum de imágenes icónicas, tenía razón Lucas al nombrar a su primer capítulo, el Episodio IV de la saga, porque de veras que fue Una Nueva Esperanza.




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